Coleccionistas y museos en la conformación de campos disciplinares en la Argentina

2.1.15 - 
XV JORNADAS INTERESCUELAS/DEPARTAMENTOS DE HISTORIA
16 al 18 de septiembre de 2015. Comodoro Rivadavia – Chubut.
 
MESA N° 46: Coleccionistas y museos en la conformación de campos disciplinares en la Argentina.
Coordinadoras: Talía Bermejo (UNTREF - Conicet) taliabermejo@gmail.com; María Alejandra Pupio (UNS) mapupio@uns.edu.ar; María Elida Blasco (Conicet – Instituto Ravignani)

El crecimiento de los estudios sobre museos estuvo relacionado con el surgimiento de la memoria como preocupación central de la cultura y la política en las sociedades occidentales desde la década de 1980, cuando el foco pasó a los pretéritos presentes tal como señaló Andreas Huyssen. En ese contexto, surgió el campo de estudios denominado museum studies que incluyó diversas perspectivas teóricas sobre la cultura material enfatizando en las múltiples relaciones entre los museos, los objetos, las colecciones y las exhibiciones. En la actualidad, la pluralidad de enfoques incluye el estudio de los museos como espacios de producción de saberes disciplinares y como instituciones públicas capaces de moldear saberes y prácticas culturales específicas.
La conformación de campos disciplinares vinculados a la producción artística o a la producción de conocimientos sobre la historia, la historia natural, la historia del arte o la arqueología ha estado íntimamente relacionada con el papel desempeñado por coleccionistas cuyas prácticas influyeron, a su vez, en la formación de instituciones. Esta premisa constituye un punto de partida que pone en diálogo los procesos coleccionistas y la conformación de museos cuyo abanico de interrogantes abarca desde quienes fueron y qué perfiles tenían los protagonistas vinculados a cada espacio disciplinar, hasta las relaciones entre la organización de museos y el diseño de políticas públicas destinadas a proteger determinadas áreas del patrimonio en detrimento de otras.
 
La mesa está destinada a todos aquellos investigadores interesados en el estudio de los procesos  coleccionistas, la formación de patrimonios locales o regionales y la instalación de museos en la Argentina desde el siglo XIX hasta la actualidad.
 
La fecha límite de presentación de resúmenes es  hasta el día 22 de Febrero de 2015 a las 24 horas. Ellos deberán tener un mínimo de 350 y un máximo de 400 palabras y especificar los planteos problemáticos del tema a desarrollar. Letra Times New Roman, tamaño 12, interlineado 1,5. Se admite un resumen por persona en forma individual o en co-autoría (máximo dos coautores).
El procedimiento de envío de resúmenes será OBLIGATORIAMENTE a través del siguiente link:
 
Además, deberá enviarse por mail a una de las coordinadoras de la mesa respetando el siguiente encabezado:
Nombre del autor/es-as:
Inserción institucional del autor/es-as:
Dirección particular (incluyendo e-mail):
Título de la ponencia:
Resumen:
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Museo de las Escuelas - PALABRAS DE MUSEO

22.12.14 - 

El martes 16 de diciembre tuvo lugar la inauguración de la muestra de los textos seleccionados del CERTAMEN Palabras de Museo 2014, organizado por el Museo de las Escuelas. También se realizó la entrega de premios.
Dice el Museo de las Escuelas: "Fue muy lindo encontrarnos e intercambiar ideas sobre la escritura de textos para exhibiciones. Agradecemos a todos los que participaron y se acercaron a a compartir la entrega de premios y certificados. También al Museo Eduardo Sivori y a CECA Argentina por hospedarnos y acompañarnos en esta Primera edición del certamen. ¡Seguimos brindando por los Museos y sus Palabras!"

Hasta el 28 de diciembre pueden conocerse los textos que resultaron ganadores y seleccionados del certamen PALABRAS DE MUSEO en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sivori.
De martes a viernes de 12 a 20 hs, y sábados, domingos y feriados de 10 a 20 hs.
Av. Infanta Isabel 555, en pleno Rosedal de Palermo!


Fuente: Facebook Museo de las Escuelas











 
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MUSEO CARAFFA - 100 años


Ciudad Equis

Museo Caraffa, el arte va por dentro

El museo Caraffa, que cumple 100 años, despliega en cada muestra a un equipo de montajistas, productores, restauradores, técnicos y especialistas en diversas áreas que se enfrentan a los desafíos de exhibir arte contemporáneo. Un viaje por el interior de un organismo vivo. Mirá el video.


Por lo general se asocia a los museos con un universo de salas vacías, silenciosas, con pasillos y ascensores y escaleras en las que uno puede refugiarse por un rato del ruido y el caos exterior. Un lugar de contemplación, de reflexión, de reposo. Nada más lejano a esa imagen estereotipada que la revolución y agitación interna que se vive en el Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Caraffa en los días previos al recambio de muestras, como sucedió esta semana. 
Montajistas, productores y técnicos van y vienen entre las salas del moderno edificio de la avenida Poeta Lugones, ya sea ultimando la muestra de Luis Wells (sus esculturas, pinturas y objetos aún embalados ­esperan en el piso) como la que celebra los primeros 100 años del museo con una selección de más de 40 obras de su colección. El pasado 5 de diciembre se cumplió un siglo de la apertura de las Salas de Pintura del entonces Museo Provincial. 
“Intervalos. Museo Caraffa - 100 años”, que abre este jueves junto a otras tres exhibiciones y se anexa a la muestra “Museo Caraffa - 100 Años - Notas desplegables”, es también un reflejo cabal de este museo centenario pero sorprendentemente vital que no se ve, el resultado de un trabajo conjunto entre diversas áreas (investigación, restauración, producción, colección, entre otras) que advierte que sí, que detrás de la calma de las salas hay movimiento, excitación, estrés, discusiones, un trabajo en equipo intenso, decisivo y permanente. 
Así como el edificio es un combinado postmoderno de varias etapas arquitectónicas, el actual y contemporáneo Museo Caraffa es un combinado de áreas y coordinadores especializados que funciona como un gran cerebro, una red interconectada que da cuenta de las distintas maneras en que el arte se hace público: desde los depósitos donde se guardan cerca de mil obras que ameritan la investigación y la conservación hasta la exhibición de trabajos donde el montaje, la prensa y la gráfica tienen su último protagonismo, pasando por áreas fundamentales como educación, se ponen en funcionamiento múltiples engranajes y agentes humanos que son como los tentáculos o las varias cabezas de una misma y gigantesca criatura. 

Cuando posan para Ciudad X en las largas escaleras de entrada, los trabajadores del Museo Caraffa evidencian ser una tropa bulliciosa, multitudinaria e inquieta, impensada para el habitual visitante de museos parsimoniosos.
Claudia Aguilera, integrante del área de producción junto a Cecilia Jausoro y Virginia Zozaya, puede ser una buena punta de entrada a ese organismo que encuentra su núcleo físico en las oficinas administrativas del segundo piso, en la porción trasera del edificio. El área de producción es la que une todas las demás áreas, y por eso también una de las más exigidas. “Nos dividimos las muestras entre nosotras tres. Trabajamos con los coordinadores, Julia Romano, Luli Chalub y Juan Longhini, en base a un organigrama que nos pasa el director”, dice Aguilera.
Por ahí los artistas vienen con ideas delirantes, entonces se trata de bajarlos a la realidad cordobesa o del país y decirles que no es factible. Es importante tener mucha psicología en este trabajo para tratar con diferentes personalidades.
Esa primera acción es la que marca el punto de partida de las próximas muestras, que se van gestando de acuerdo a un presupuesto designado por el área de administración. Aguilera: “Se trabaja con un presupuesto general para el bloque de muestras, y si falta dinero se saca de la caja chica. Sobre la base de eso tenemos que definir las pinturas de sala, si hay que comprar material para las bases, las vitrinas, el plotter de corte. En algunas oportunidades se ha traba­jado con un espónsor, pero generalmente lo trae el artista. Es un tema complicado, porque no siempre todo el mundo quiere participar. A veces se le ofrece al artista un plan B, cómo reemplazar su idea por otra. Siempre se está en diálogo con el artista, la idea es que se vaya conforme con la muestra. Por ahí vienen con ideas delirantes, entonces se trata de bajarlos a la realidad cordobesa o del país y decirles que no es factible. Es importante tener mucha psicología en este trabajo para tratar con diferentes personalidades, tanto de los empleados como de los artistas. El ego del artista es muy fuerte”.
Parte de la agilidad interna del museo tiene que ver con la rapidez con que se reemplazan las muestras en las nueve salas, y que generalmente no se extienden más allá de tres meses: el ritmo es veloz y no amerita errores. “Cuando se inaugura una muestra ya estamos trabajando en la siguiente –explica Aguilera–. A veces trabajamos aceitadamente y otras de forma caótica, pero cumplimos el objetivo. Siempre se inaugura. Entre todos lo logramos”.
Aguilera trabaja hace seis años en el ­Caraffa, desde que fue convocada por Carina Cagnolo y Daniel Capardi. Antes trabajó en la galería del Paseo del Buen Pastor, y además es artista y curadora: actualmente cura la ­exhibición “Patrones visuales” del Museo de las Mujeres.

“Me parece un desafío cuando no te gusta una muestra, porque le tenés que dar la misma importancia que a una súper muestra”, agrega. Y cierra: “Con Nicola Constantino todos querían trabajar, todos querían estar en esa vorágine. Yo rescato otras muestras que me han gustado mucho, como Macba - Muestra de Arte Geométrico, Moisset de Espanés, Photo Suisse o Marie Orensanz. En esta de los 100 años me gustó mucho trabajar, he aprendido un montón. Creo que el aprendizaje también va por ahí, cuando más aprendés de una muestra es cuando te gusta mas allá del artista”.
Guardar y restaurar
La muestra de los 100 años es hoy posible en especial gracias a un minucioso trabajo de restauración de las obras de la colección, que llevan a cabo Paola Rojo y Julieta Plutman en el interior del museo. Ambas trabajaron en estrecho vínculo con Marta Fuentes, coordinadora del área de colección y también curadora de la exposición, en términos de una proximidad también física: los depósitos de las obras del Caraffa, que se dividen en cuatro habitaciones (una dedicada a la pintura al óleo, otra a la obra sobre papel, una tercera con trabajos de lenguaje contemporáneo, técnica mixta y fotografía, y la última con obra tridimensional) conviven en un mismo pasillo junto al taller de restauración. Allí se ve Día de trabajo, un gran Quinquela Martín apoyado sobre una mesa y un bello retrato femenino de Lino Enea Spilimbergo en un caballete. Ambas pinturas están siendo retocadas para la muestra que abre este jueves.
En Córdoba el restaurador es muy nuevo, existe desde la década de 1980. Antes intervenían artistas con criterio estético subjetivo, modificando y alterando las obras. Cuando se hace un tratamiento de restauración hay que estudiar el trabajo, su historia, sus intervenciones.
Rojo y Plutman llevan a cabo una labor doble de restauración y conservación, que va de las obras al museo mismo, ya que también se ocupan de cuestiones como la temperatura y el acondicionamiento de salas, así como del traslado o embalajes. 

“Venimos trabajando todo el año en la muestra, seleccionando las posibles obras”, dice Rojo. Y continúa: “Al Quinquela lo estamos interviniendo hace más de dos años, y se va a ver ahora. Es una obra compleja, no sólo por su estado material delicado sino también porque ha sido muy intervenido a lo largo de su historia, por restauradores y no restauradores”.
La restauración, a primera vista una tarea únicamente técnica, es ambigua y profunda y pone en el tapete debates sobre arquetipos culturales, historias del arte o la supuesta originalidad de una obra. Rojo: “En Córdoba el restaurador es muy nuevo, existe desde la década de 1980. Antes intervenían artistas con criterio estético subjetivo, modificando y alterando las obras. Cuando se hace un tratamiento de restauración hay que estudiar el trabajo, su historia, sus intervenciones. También hasta qué punto tenemos la posibilidad de hacerlo, ya que hay obras que se han conocido así, con sus intervenciones. No podemos de la noche a la mañana eliminar un barniz, son patrimonios”.
El área de restauración del Caraffa fue creada por María Eugenia Lardizábal en 2005, y bajo su ala se formaron varios restauradores, entre ellos Rojo y Plutman, especializadas en arte clásico. A ellas también les toca conservar o restaurar obras contemporáneas, en cuyos casos la entrevista con el artista, por lo general vivo en contraposición a las figuras del arte clásico, es fundamental. 
“La restauración toca intereses sociales y políticos. Restaurar no es volver al origen, sí acercarse un poco, y uno no siempre puede hacerlo sin una buena documentación. La intención del artista es lo fundamental. La restauración no es sólo científica, requiere mirar e interpretar la obra, ella es la guía”, reconoce Rojo.

¿Qué trabajos importantes recuerda? “Los burritos de Antonio Pedone”, contesta. Y amplía: “No fue profunda la intervención, pero estabilizar la obra y conocer la técnica de Pedone fue importante: es una técnica particular del artista pero también de muchos que trabajaron juntos, como José Malanca. La técnica sólo podía estudiarse en relación al grupo. Fue muy instructivo para conocer la historia del hacer mismo de la pintura en Córdoba”.

Por el mismo pasillo del tercer piso del Caraffa circula Marta Fuentes, responsable de la colección del museo. Ella es la llave de acceso a una serie de armarios y cajoneras con obras, documentos y archivos de donde surgen investigaciones y exhibiciones. Fuentes es la artífice de la muestra de los 100 años, donde se articula una visión lúdica de la historia del arte.
Y también, por extensión, de lo que supone una colección, en la que conviven obras mayores y menores, famosas y escondidas. “En la colección hay alrededor de 1.200 obras. Una porción de ellas está en el Museo Evita y alguna otra en préstamo o exposición. La colección del museo es relativamente pequeña, el Nacional tiene 10 veces más obras”, compara Fuentes, pero contrasta: “El valor de una colección es relativo. Hay cosas que no están en una colección de provincia, pero a su vez la colección de provincia tiene esas piezas que sólo pueden estar ahí justamente porque la circulación de los artistas se ha dado de cierta forma, se ha permitido que ciertas obras fueran recogidas en este archivo y no en otro. El Museo Nacional puede tener cinco Pettoruti mejores que el de acá, pero no tiene esa otra pieza de un artista que pasó circunstancialmente y permite construir toda una red de vínculos que tiene que ver con Córdoba”.
Y completa: “Esta colección permite reconstruir una escena local que no está en otro lado. En ese sentido, este archivo con todos sus huecos y faltas y cosas que no fueron o que son y podrían ser de otra manera sigue siendo un soporte sumamente interesante para los artistas, para la gente que tiene un interés en torno al arte”.
Un aprendizaje

Un museo no podría pensarse sin su dimensión educativa, que convive mano a mano con la turística u ociosa. División que es también temporal, ya que los colegios e instituciones educativas frecuentan el museo durante la semana, y los turistas se concentran los sábados y domingos.
Vínculo activo entre museo y sociedad, el área de educación tiene un trabajo amplísimo en cuanto a que trata con públicos de edades y culturas abismales, a la vez que debe instruir sobre un espectro que va de cuestiones básicas como las normas de un museo (no tocar las obras, no usar flash) hasta ilustrar los aspectos más complejos de una obra contemporánea. 
“No somos guías, sino educadores, mediadores, armamos una relación con el otro. No tenemos todo el saber ni somos las voceras de la exposición”, argumenta Lila Echenique, quien trabaja en el área junto a Cecilia Ferix y Florencia Valtorta, bajo la coordinación de Flavia Caminos.
“En vez de hacer una maratón con 30 chicos por todo el museo preferimos pasar un buen momento y que el otro se lleve la impresión de haber aprendido cosas. En cada visita construimos un conocimiento grupal. No queremos que el niño piense que el museo es un embole”, dice Ferix.
Y agrega: “El museo es un espacio de tensiones y de paradojas. Muchas veces sugerimos elementos que se pueden agregar a una muestra para que el visitante tenga una punta más, pero por ahí la curaduría no lo permite. Hay muestras que son muy cerradas. Cuando estuvo la obra de Nicola Constantino se pudo hablar de violencia de género, de la imagen de la mujer en la sociedad, temas comprometidos, los adolescentes se reenganchaban”.
Echenique: “Te tiene que gustar. Hay días en que estás cansada, pero te tomás un mate y salís a recorrer las salas con gente muy distinta. Es un aprendizaje”.

Fuente:  http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/museo-caraffa-el-arte-va-por-dentro
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UNA FIESTA EN EL TALLER

19.12.14 - 


10 años de Ferrowhite museo taller

El día amaneció con lluvia. Nos pasó tantas veces que ya perdimos la cuenta. “¿Se suspende la fiesta?”, se preguntaba medio mundo. De ningún modo. Acá las cosas piden ser hechas a veces a marcha forzada, a paso de cangrejo, “contra viento y marea”. ¿Por qué con la fiesta de nuestros primeros 10 años iba a ser distinto? Así, los invitados tempraneros nos encontraron arrastrando cables, acomodando sillas, reboleando tablones y caballetes, a pesar del frío. Porque esa era la idea. Una fiesta en la que celebrar haciendo, que es lo que para nosotros sugiere la idea de un museo taller.
Todos a sus puestos: Cacho Mazzone te recibe en la entrada y te da la “información de sitio”; Zulema y Sabrina te entregan el folleto del museo y Pedro Marto, con traje y gorra de guarda, te pica los boletos que los amigos de ABTE (Agrupación Boletos Tipo Edmondson) imprimieron y nos regalaron (qué capos) con la consigna “el museo como herramienta”. Luego de la bienvenida, acaso siguiendo los consejos de Roberto Orzali, organizás tu recorrido: primero, avistaje de aves en la Rambla de Arrieta con la compañía experta de los amigos guardaparques Daniel, Martín y Patricia. Después, una pasadita por el taller de serigrafía en donde Silvia, Malena y Jimena te esperan con la tinta y el shablon listos para estampar lo que traés puesto, desde una remera a una ¡mantita de bebé! que apareció por ahí. Más tarde, subís a admirar la supermaqueta ferroviaria de Héctor Guerreiro, o aplaudís a los cantantes del taller que coordina Sarita Cappelletti en la Siempre Verde, o te das una vuelta por la Casa del Espía para bailar un tango con Sergio y Adriana, o para entonarlo junto con Rosana Soler mientras, detrás del mostrador, Rodolfo y Carla te tientan con unas empanadas.
No sabemos qué de todo esto hiciste, pero estamos seguros que quiet*, lo que se dice quiet*, no te quedaste. Y todavía no habías visto nada. No habías visto la foto gigante que descubrimos junto a Cacho Montes de Oca y Daniel Águila recién pasadas las nueve. La imagen de una celebración multitudinaria en Talleres Maldonado que tomó Daniel, con ojo de Águila, a fines de 1975, y que hoy, colgada de una pared del museo, invita a pensar que un trabajador nunca es sólo un trabajador, aquello que hace por una salario, sino también “lo que desea y lo que teme, qué come y cómo baila, las cosas por las que brinda y aquellas por las que lucha”.

Cacho y Daniel, que fueron compañeros en Maldonado, volvieron a abrazarse casi cuarenta años después en esta otra fiesta, en este otro taller. A su alrededor, había muchos otros ferroviarios, también portuarios y trabajadores de las usinas que en estos años nos han brindado infinitamente más que su testimonio. Con ellos levantamos la copa de sidra que Ida, Caty, Nora, Nenucha, Tití, Yamila y Ana, las “amigas del castillo”, convidaron a diestra y siniestra. Pedro Caballero hizo sonar, ensordecedora, la bocina de una locomotora GT 22, y entonces sí, bajo el 10 enorme que izamos con un guinche, cantamos el “feliz cumpleaños”, cortamos la torta que cocinó la Pochi y decoró el Bocha, escuchamos los saludos de Patricio Larrambebere, Eduardo Molinari y Marcela Sainz, las palabras (menos protocolares que desafiantes) de nuestro director Reynaldo Merlino, y dejamos que los amigos de Swing Gitan nos pusieran a mover la patita con su jazz gitano, haciendo sonar un serrucho como un violín.
En conclusión, una fiesta “surtida”, como dijo Pedro Marto, cuyo armado diverso representó quizá lo que ha sido este espacio en los últimos 10 años. Un museo que, bajo la creencia de que es posible -e incluso necesario- volverse otra cosa, se convirtió de acuerdo con la ocasión en salón de baile, sala de conciertos, taller de serigrafía, fonoplatea, corsódromo, mecano, balneario contaminado, panadería, peluquería, escenario teatral…
Justo cuando estabas por irte, abrimos las puertas del castillo. Con una batucada improvisada por los chicos del Envión de Saladero sobre tambores plásticos de 200 litros, te recibimos en una especie de capilla armada para prenderle una vela a San Atilio. Cacho Romero y Julieta te entregaron una estampita y por las escaleras rotas, marcadas por el desguace, procesionaste hasta llegar al primer piso. Allí, en una oficina abandonada, Daniel repetía una y otra vez la historia reciente de los intentos (y fracasos) de recuperación de ese edificio patrimonial. Una historia que abarca la del museo, pero que no está cerrada. Lo que viste en la nave central (y la cara que, según Guillermo y Pol, pusiste), ahí donde durante tantos años funcionaron las turbinas Brown Boveri y Franco Tossi, mejor no te lo contamos. Mejor, te invitamos a que vengas de nuevo dentro de poco. 
Entre otras tantas cosas, celebramos el haber recuperado parte del complejo de la ex usina General San Martín tras la década neoliberal, así como también la tarea de los ferroviarios que se organizaron para rescatar los más de cuatro mil objetos que hoy forman la colección de Ferrowhite. Celebramos además la posibilidad de rehabilitar la memoria del trabajo ferroportuario, o al menos de generar las condiciones para preguntarnos cómo fue que llegamos hasta acá y cómo sigue esta historia. Pero también festejamos marcando lo que falta: salir al mar y entrar al castillo. Porque si en estos diez años ganamos algo, acaso en el inventario no se pueda dejar de contar la capacidad para pensar (e intervenir, en modesta medida) en lo que pasa a nuestro alrededor: en la ampliación del complejo portuario e industrial; en el estado del castillo; en la crisis de la pesca artesanal; en los escapes de cloro; en los índices de desocupación de la ciudad; en la emergencia en la que aún se encuentran la mayoría de los servicios ferroviarios de pasajeros; en el glifosato y el asbesto; en Vaca Muerta y la tragedia de Once.
Si algo de todo esto ha tenido eco, es porque nuestros problemas, áreas de conflicto y de interés, son, de alguna manera, compartidos. Los compartimos con vos, por ejemplo, que viniste. O vos, que estás leyendo esta crónica imposible. Lo compartimos con aquellas personas que pusieron su saber hacer, tiempo y compromiso en la cantidad de eventos, visitas escolares, talleres, obras de teatro, charlas, muestras, vacaciones de invierno, noches de los museos, congresos, fines de semana, ferias, carnavales que han tenido lugar en este sitio específico, logrando así que este se volviera un museo de laburantes: ferroviarios, estibadores, marineros, portuarios, pescadores, docentes, periodistas, estudiantes, colaboradores, mimos, artesanos, profesionales de la salud, diseñadores, fotógrafos, clowns, músicos, artistas plásticos, ferroaficionados, maquetistas, bricoleurs, entrevistados, visitantes, choferes, compañeros municipales, empleados de comercio, cantantes, sonidistas, colegas de museos, investigadores, psicólogos, químicos, actores, acróbatas, técnicos, vecinos, comerciantes, almaceneros… (perdón por no nombrarlos uno por uno, pero la lista sería extensísima e inevitablemente incompleta).
Y lo compartimos también con quienes “pusieron el cuerpo (la cabeza y el corazón)” a lo largo, ancho y profundo de esta década. “Trabajadores de museo” que forman o han formado parte del equipo de esta institución, bajo condiciones laborales y salariales a veces menos estables que precarias:
Reynaldo Merlino, Cristian Peralta, Gustavo Monacci, Nicolás Testoni, Carlos Mux, Marcelo Díaz, Fabiana Tolcachier, Rodolfo Díaz, Ana Miravalles, Esteban Sabanés, Lucía Cantamutto, Silvia Gattari, Guillermo Beluzo, Héctor Guerreiro, Zulema Soria, José Pacheco, Yesica Peluffo, Pamela González, Roberto Firpo, Emilce Heredia Chaz, Nicolás Seitz, Julieta Ortiz de Rosas, Carla Volonterio, Roberto Carlos González, Analía Bernardi.
A todos, gracias totales. Vengan cuando quieran, esta es su casa.

Analía Bernardi
Ferrowhite museo taller

Para conocer más sobre el museo:
http://www.ferrowhite.bahiablanca.gov.ar/
http://www.museotaller.blogspot.com.ar/
Facebook: Ferrowhite Museo Taller












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Carta de lectores de la Asociación de Funcionarios de la Dibam (Anfudibam) de Chile sobre el Museo Histórico Nacional

10.12.14 - 

Director del Museo Histórico Nacional

03/12/2014 - 04:00
http://www.latercera.com/noticia/opinion/correos-de-los-lectores/2014/12/896-607097-9-director-del-museo-historico-nacional.shtml 




















 
Señor director:

El lunes 24 de noviembre nos informaron la no renovación del contrato del director del Museo Histórico Nacional, Diego Matte Palacios.

Los representantes de los funcionarios pusieron a disposición de Alan Trampe, director provisional de la Dibam, antecedentes para la evaluación de la gestión del señor Matte. Estos daban cuenta de prácticas abusivas, arbitrarias, antidemocráticas, patronales y simbólicamente violentas del directivo. Basta revisar los datos que muestran cómo se han multiplicado las licencias médicas durante la actual gestión, especialmente por estrés laboral. Las evidencias de malos tratos fueron observadas desde el primer año de gestión, con el despido de cuatro funcionarios sin justificación objetiva y el maltrato a dos funcionarias embarazadas. Son muchos los testimonios de funcionarios que denuncian sus permanentes descalificaciones en público, sus restricciones en el quehacer profesional cotidiano, obstaculización de tareas y violencia verbal.

A través de la prensa se ha destacado la gestión y labor de extensión realizada por Matte; sin embargo,  muchos de esos logros vienen de administraciones anteriores, como la integración de la perspectiva de género, nuevas miradas sobre el patrimonio o los trámites para la recuperación de un terreno para la ampliación del museo. Cabe puntualizar que este proyecto lleva dos años sin implementarse por  problemas en la gestión de los contratos desde la dirección del museo.

En un periódico nacional se publicó: “La noticia generó sorpresa en el medio, sobre todo por la serie de mediáticas renovaciones que Matte ha impulsado”, ante las cuales uno se cuestiona: ¿cuál es el costo para lograr esas “mediáticas apariciones”? Trabajar a espalda de los funcionarios, generando un clima de arbitrariedades y miedo.

El deber de la Dibam es brindar buenos servicios a la comunidad y renovar y crear nuevos espacios y oportunidades para la ciudadanía, pero siempre en un marco de respeto a sus trabajadores, en un ambiente adecuado para desarrollar sus labores, desde las más visibles hasta las más ignoradas y no menos importantes.

Margarita Hormazábal

Asociación de Funcionarios de la Dibam (Anfudibam)
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