Louvre: el palacio se vuelve plebeyo

6.2.15 - 

Cambio de imagen. El presidente del museo, Jean-Luc Martinez, impulsa una reforma que busca volverlo más amigable para el visitante no experto en arte.
El libro de cuentos de Jean-Luc Martinez se inicia donde él creció, un suburbio de París donde priman bloques enteros de vivienda pública, y termina en las profundidades del opulento palacio del Museo del Louvre. Allí proyecta lo que él llama “una pequeña revolución”.
Martinez, 50 años, hijo de un cartero y presidente del Museo del Louvre desde abril de 2013, avanza rápido en el proyecto de imprimirle un sello democrático a este centro monárquico que tiene más visitantes que cualquier museo en el mundo, con un 70 por ciento de turistas extranjeros.
Planea un lavado de cara de dos años de duración y 53,5 millones de euros y en la amplia recepción debajo de la pirámide de cristal de I.M. Pei. Allí se aglomera el público en dos largas colas para luego entrar en un espacio abierto y caótico, que Martinez compara con un aeropuerto ruidoso y que deja a mucha gente desorientada y extraviada.
También está renovando las herramientas didácticas básicas: casi 40.000 carteles, textos murales, signos y símbolos que actualmente explican los tesoros en francés. El proyecto consiste en hacerlos más legibles y concisos, en inglés y en español, aptos para la vasta mayoría de visitantes que quiera encontrar el guardarropas o la “Mona Lisa” en la extensión de un museo que data de 1190, cuando era una fortaleza para el rey Felipe II.
En el pasado, los museos se dirigían a los visitantes expertos en historia del arte con información detallada como un libro con “capítulos, títulos, párrafos”, cuenta Martinez, mientras camina vestido de traje oscuro y corbata entre un centauro de mármol y un gálata herido de alabastro en una galería donde alguna vez un rey del siglo XVII impartió las órdenes. “Nuestro museo no es un libro. Es algo físico. Es necesario hacer movimientos para ampliar la comprensión de nuestro arte”.
Su estrategia de “pensar en el visitante” también refleja una tendencia museística de crear narrativas que consideren más a las distintas demografías. En tanto los grandes museos se esfuerzan por llegar a un público masivo y menos elitista, la mayoría de los 9 millones de visitantes del Louvre tienden a ser un público novato en el arte, por lo cual Martínez busca nuevas formas para que la experiencia de la visita tenga sentido.
“Para casi todo el mundo los museos son espacios escabrosos”, dice James M. Bradburne, director del Palazzo Strozzi en Florencia, quien ha dictado numerosas conferencias sobre cómo los museos pueden atraer audiencias de modo más eficiente. “Es como entrar por primera vez en una ciudad. No hay señales en todos los puntos de la ciudad. Es bastante cierto que en el Louvre, y en todos los museos, informamos poco al público”.
La idea es ayudar al público nuevo con información clara para que interprete el enorme tesoro que posee el museo como, por ejemplo, la Venus de Milo, la Victoria Alada de Samotracia y la colosal estatua de Ramsés II. Martinez también quiere reducir las muestras temporarias para darle cabida a un espacio pedagógico sobre las obras de arte del Louvre agrupadas en torno a temas como la mitología y el origen de la civilización.
Martinez es descendiente de inmigrantes españoles que llegaron a Francia hace cinco generaciones desde Almería, en el sur de Andalucía. Creció en Rosny-sous-Bois, un suburbio obrero del este de París. Dice que él es un reflejo de la evolución demográfica. Su primera visita al Louvre ocurrió durante una jornada de clases de historia, a los 11 años. Cuando regresó a casa, dice, no les contó nada a sus padres, que nunca lo habían llevado a un museo.
“Yo vivía en una suburbio que era muy moderno y todo era nuevo –recuerda. Y cuando llegué aquí, todo era antiguo. Imaginen eso para un niño: ver cinco siglos de arte, algunas cosas hasta de dos o tres milenios de antigüedad. En este espacio, sentí lo profundo de la historia humana”.
Hasta hoy, su padre de 82 años no ha visitado nunca el Louvre, pese a que su hijo trabajó desde 1997 como curador y director del departamento de griegos, etruscos y romanos, antes de que fuera nombrado presidente del museo el año pasado.
Es un perfil bastante diferente al de su antecesor patricio, Henri Loyrette, hijo de abogados, que solía socializar con acaudalados patrocinadores del arte como el elegante multimillonario François Pinault, y bajo su mandato llevó a cabo la expansión del museo de París en su satélite, el Louvre-Lens, en el norte de Francia y programó el Louvre de Abu Dhabi para abrirse a fines del año próximo.
Desde que Martinez desembarcó, ciertos críticos le han reprochado en la prensa francesa que es “anti-mundano”, que se siente incómodo en la alta sociedad y que desaprovecha a los patrocinadores ricos en un momento en que los museos franceses se enfrentan a una reducción de los subsidios del Estado. El Louvre, que cuenta con 2.100 empleados, recibirá 102 millones de euros de fondos estatales el año próximo, pero su lavado de cara se financia con dinero proveniente de su satélite de Abu Dhabi en los Emiratos Árabes, que le paga 400 millones de euros sólo por el uso del nombre.
Martinez se mofa de las críticas y admite que los patrocinadores son vitales para la estrategia del museo, pero dice que evidentemente su pasado familiar influye en su interés por “buscar a nuestro público y hacer un museo más abierto, más accesible y fácil de entender”.
El año pasado, a modo de prueba, experimentó el Louvre como un turista más. Su espera en la cola para entrar fue de dos horas y media, dice, e intentó disminuir este disgusto ampliando las entradas de tres a cinco. Eso le permitirá al museo controlar el flujo y reflujo de público; además, también facilitó el ingreso en la entrada principal reubicando las mesas de información y las boleterías de una forma más lógica.
Pero como museo internacional, admite que hay límites, como el exceso de gente sacándose selfies con la Mona Lisa. “No hay milagros”, confía Martinez y agrega que trata de dirigir el tráfico hacia otro lado, desviando a los más de 850.000 estudiantes franceses que anualmente visitan el museo a un espacio didáctico con exposiciones rotativas.
Es claro que su nueva estrategia tocó el punto neurálgico de los visitantes que sufren la angustia de sentirse perdidos en el Louvre.
“No podíamos encontrar las pinturas de Miguel Angel –dice Berke Erat, 24, de Turquía–. Era como encontrarse en El Código Da Vinci ”.
Naama Barel, 27, expresa que se había deprimido “por no haber podido escuchar la audio-guía porque todas las descripciones estaban en francés. Aparte de eso, fue increíble”, dice.
Cuando Martinez recorre el Louvre a zancadas, se convierte en el profesor universitario de arqueología que alguna vez fue, señalando los defectos. “Miren esto –dice mientras hace una pausa para observar una señal–: está en inglés y con una letra minúscula. ¿Quién puede leer esto?” Parte de su labor será la de atraer más visitantes franceses, cuyas cifras decaen, en particular a los jóvenes como Kimberly Sebas, 18, una estudiante de modas, que describe al Louvre como un laberinto. “No es fácil encontrar el camino –dice–, es muy grande y muy difícil, si no tuviéramos al profesor nos perderíamos”.
Los entendidos creen en Martinez. “Una institución como el Louvre tiene elementos organizacionales, políticos e históricos de tal envergadura que es como mover un tanque”, dice Bradburne, quien señala que el ala nueva de artes decorativas del siglo XVIII era confusa porque no se podía determinar si los objetos eran antigüedades o acababan de fabricarse.
“Por intentar este movimiento –agrega–, Jean-Luc Martinez es un héroe”.
© 2014 New York Times News Service
Traducción: Cecilia Benítez


Fuente:  http://www.revistaenie.clarin.com/arte/Louvre-palacio-vuelve-plebeyo_0_1282671758.html