El libro de cuentos de Jean-Luc Martinez se inicia donde él
creció, un suburbio de París donde priman bloques enteros de vivienda
pública, y termina en las profundidades del opulento palacio del Museo
del Louvre. Allí proyecta lo que él llama “una pequeña revolución”.
Martinez,
50 años, hijo de un cartero y presidente del Museo del Louvre desde
abril de 2013, avanza rápido en el proyecto de imprimirle un sello
democrático a este centro monárquico que tiene más visitantes que
cualquier museo en el mundo, con un 70 por ciento de turistas
extranjeros.
Planea un lavado de cara de dos años de duración y
53,5 millones de euros y en la amplia recepción debajo de la pirámide de
cristal de I.M. Pei. Allí se aglomera el público en dos largas colas
para luego entrar en un espacio abierto y caótico, que Martinez compara
con un aeropuerto ruidoso y que deja a mucha gente desorientada y
extraviada.
También está renovando las herramientas didácticas
básicas: casi 40.000 carteles, textos murales, signos y símbolos que
actualmente explican los tesoros en francés. El proyecto consiste en
hacerlos más legibles y concisos, en inglés y en español, aptos para la
vasta mayoría de visitantes que quiera encontrar el guardarropas o la
“Mona Lisa” en la extensión de un museo que data de 1190, cuando era una
fortaleza para el rey Felipe II.
En el pasado, los museos se
dirigían a los visitantes expertos en historia del arte con información
detallada como un libro con “capítulos, títulos, párrafos”, cuenta
Martinez, mientras camina vestido de traje oscuro y corbata entre un
centauro de mármol y un gálata herido de alabastro en una galería donde
alguna vez un rey del siglo XVII impartió las órdenes. “Nuestro museo no
es un libro. Es algo físico. Es necesario hacer movimientos para
ampliar la comprensión de nuestro arte”.
Su estrategia de “pensar
en el visitante” también refleja una tendencia museística de crear
narrativas que consideren más a las distintas demografías. En tanto los
grandes museos se esfuerzan por llegar a un público masivo y menos
elitista, la mayoría de los 9 millones de visitantes del Louvre tienden a
ser un público novato en el arte, por lo cual Martínez busca nuevas
formas para que la experiencia de la visita tenga sentido.
“Para
casi todo el mundo los museos son espacios escabrosos”, dice James M.
Bradburne, director del Palazzo Strozzi en Florencia, quien ha dictado
numerosas conferencias sobre cómo los museos pueden atraer audiencias de
modo más eficiente. “Es como entrar por primera vez en una ciudad. No
hay señales en todos los puntos de la ciudad. Es bastante cierto que en
el Louvre, y en todos los museos, informamos poco al público”.
La
idea es ayudar al público nuevo con información clara para que
interprete el enorme tesoro que posee el museo como, por ejemplo, la
Venus de Milo, la Victoria Alada de Samotracia y la colosal estatua de
Ramsés II. Martinez también quiere reducir las muestras temporarias para
darle cabida a un espacio pedagógico sobre las obras de arte del Louvre
agrupadas en torno a temas como la mitología y el origen de la
civilización.
Martinez es descendiente de inmigrantes españoles
que llegaron a Francia hace cinco generaciones desde Almería, en el sur
de Andalucía. Creció en Rosny-sous-Bois, un suburbio obrero del este de
París. Dice que él es un reflejo de la evolución demográfica. Su primera
visita al Louvre ocurrió durante una jornada de clases de historia, a
los 11 años. Cuando regresó a casa, dice, no les contó nada a sus
padres, que nunca lo habían llevado a un museo.
“Yo vivía en una
suburbio que era muy moderno y todo era nuevo –recuerda. Y cuando llegué
aquí, todo era antiguo. Imaginen eso para un niño: ver cinco siglos de
arte, algunas cosas hasta de dos o tres milenios de antigüedad. En este
espacio, sentí lo profundo de la historia humana”.
Hasta hoy, su
padre de 82 años no ha visitado nunca el Louvre, pese a que su hijo
trabajó desde 1997 como curador y director del departamento de griegos,
etruscos y romanos, antes de que fuera nombrado presidente del museo el
año pasado.
Es un perfil bastante diferente al de su antecesor
patricio, Henri Loyrette, hijo de abogados, que solía socializar con
acaudalados patrocinadores del arte como el elegante multimillonario
François Pinault, y bajo su mandato llevó a cabo la expansión del museo
de París en su satélite, el Louvre-Lens, en el norte de Francia y
programó el Louvre de Abu Dhabi para abrirse a fines del año próximo.
Desde
que Martinez desembarcó, ciertos críticos le han reprochado en la
prensa francesa que es “anti-mundano”, que se siente incómodo en la alta
sociedad y que desaprovecha a los patrocinadores ricos en un momento en
que los museos franceses se enfrentan a una reducción de los subsidios
del Estado. El Louvre, que cuenta con 2.100 empleados, recibirá 102
millones de euros de fondos estatales el año próximo, pero su lavado de
cara se financia con dinero proveniente de su satélite de Abu Dhabi en
los Emiratos Árabes, que le paga 400 millones de euros sólo por el uso
del nombre.
Martinez se mofa de las críticas y admite que los
patrocinadores son vitales para la estrategia del museo, pero dice que
evidentemente su pasado familiar influye en su interés por “buscar a
nuestro público y hacer un museo más abierto, más accesible y fácil de
entender”.
El año pasado, a modo de prueba, experimentó el Louvre
como un turista más. Su espera en la cola para entrar fue de dos horas y
media, dice, e intentó disminuir este disgusto ampliando las entradas
de tres a cinco. Eso le permitirá al museo controlar el flujo y reflujo
de público; además, también facilitó el ingreso en la entrada principal
reubicando las mesas de información y las boleterías de una forma más
lógica.
Pero como museo internacional, admite que hay límites,
como el exceso de gente sacándose selfies con la Mona Lisa. “No hay
milagros”, confía Martinez y agrega que trata de dirigir el tráfico
hacia otro lado, desviando a los más de 850.000 estudiantes franceses
que anualmente visitan el museo a un espacio didáctico con exposiciones
rotativas.
Es claro que su nueva estrategia tocó el punto
neurálgico de los visitantes que sufren la angustia de sentirse perdidos
en el Louvre.
“No podíamos encontrar las pinturas de Miguel Angel –dice Berke Erat, 24, de Turquía–. Era como encontrarse en El Código Da Vinci ”.
Naama
Barel, 27, expresa que se había deprimido “por no haber podido escuchar
la audio-guía porque todas las descripciones estaban en francés. Aparte
de eso, fue increíble”, dice.
Cuando Martinez recorre el Louvre a
zancadas, se convierte en el profesor universitario de arqueología que
alguna vez fue, señalando los defectos. “Miren esto –dice mientras hace
una pausa para observar una señal–: está en inglés y con una letra
minúscula. ¿Quién puede leer esto?” Parte de su labor será la de atraer
más visitantes franceses, cuyas cifras decaen, en particular a los
jóvenes como Kimberly Sebas, 18, una estudiante de modas, que describe
al Louvre como un laberinto. “No es fácil encontrar el camino –dice–, es
muy grande y muy difícil, si no tuviéramos al profesor nos
perderíamos”.
Los entendidos creen en Martinez. “Una institución
como el Louvre tiene elementos organizacionales, políticos e históricos
de tal envergadura que es como mover un tanque”, dice Bradburne, quien
señala que el ala nueva de artes decorativas del siglo XVIII era confusa
porque no se podía determinar si los objetos eran antigüedades o
acababan de fabricarse.
“Por intentar este movimiento –agrega–, Jean-Luc Martinez es un héroe”.
© 2014 New York Times News Service
Traducción: Cecilia Benítez
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/arte/Louvre-palacio-vuelve-plebeyo_0_1282671758.html