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La memoria como construcción política

20.9.10 - 
El museo en escena, libro que Paidós publicará en octubre, reúne artículos de diversos especialistas internacionales sobre la problemática propia de estas instituciones en América latina. En el fragmento que aquí se reproduce, el autor analiza cómo se inserta el discurso museístico en el diseño público de los proyectos culturales.


Por Américo Castilla


Los museos son artefactos tecnológicos producidos por las culturas más diversas. A su vez, la cultura es una suma de acciones y estados que requiere de personas que las hagan circular, lo que muchas veces resulta en una política explícita o implícita. [...]


La cultura tiene como materia propia la producción y transmisión social de identidades y significados. También comprende el modo de vida de distintos grupos humanos, sus códigos de comportamiento, su vestimenta, cocina, idiomas, artes, ciencia, tecnología, religión, rituales o tradiciones. Como puede verse, la cultura es tanto el medio como el mensaje y está lejos de ser esa imagen vulgarizada y decorativa a la que, según algunos, la sociedad podría recurrir una vez que ha resuelto sus necesidades básicas. Por el contrario, la cultura es esa necesidad básica que aporta significado a toda la actividad social.


Las herramientas de la cultura permiten evaluar el pasado y planificar el futuro de nuestras sociedades. Así, resulta extraño que muchos gobiernos no discutan suficientemente sus alcances, y que sean escasos los recursos asignados para cumplir su misión. Durante años se creyó que el progreso de las sociedades estaba ligado sólo a la producción y al empleo, pero, de manera progresiva, incluso organismos de financiamiento internacional han debido admitir que el concepto de "desarrollo económico" es insuficiente como meta para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, y tienden a registrar con frecuencia términos como "capital social" en sus informes. Quedó penosamente demostrado que el efecto derrame de riqueza no se produce por una mayor actividad económica en la cima de la pirámide y que el mejoramiento de la calidad de vida de la sociedad requiere un planeamiento más amplio, no sólo económico. Para ello, la cultura cumple una función irremplazable como generadora de valor.


Cuando nos referimos a la cultura en términos de producción y transmisión social de valores y significado, la conexión entre ésta y el planeamiento estratégico se vuelve más evidente y permite formular un modelo teórico con estructuras más eficaces. En ese sentido, los modernos requerimientos de consulta, consenso y participación de las comunidades afectadas en el trámite de planeamiento de las políticas de gobierno implican, quiérase o no, la acción cultural; ésta concentra un vasto rango de conceptos que de otro modo se tratan desordenadamente, tales como bienestar, capacidad, cohesión, compromiso, pertenencia o singularidad. Todas estas expresiones de valor suelen ser debatidas en sesiones de planeamiento sin lograr un modelo que las integre intelectual y operativamente. El concepto de cultura provee esas herramientas intelectuales en tanto congrega los medios con los cuales las comunidades expresan sus valores, por lo que resulta más adecuado idear por esa vía las formas de integración de la expresión pública en los procesos de planificación de políticas.


Estas conceptualizaciones tan amplias tienen sin embargo sus desventajas al momento de diseñar políticas precisas. La debilidad institucional de la cultura para abordar las problemáticas propias de la expresión, recepción y discusión de los valores en juego constituye el principal desafío. La experiencia demuestra que, ante tan amplio espectro, la acción política tiende a desdibujarse detrás de enunciados voluntaristas, ampulosos e inabarcables que procuran ocultar su debilidad formal. Las consecuencias más usuales tienden a ser la inacción o el armado de grandes esqueletos burocráticos que son disueltos o ignorados por la siguiente administración. En muchos casos, y ante la obligación política de alcanzar notoriedad en la acción, se vuelve a fórmulas ya transitadas: la promoción de espectáculos que cuentan con aceptación social y por ende con una demanda de mercado más o menos establecida; en el mejor de los casos, el impulso de otras expresiones artísticas menos convencionales. Como podemos comprobar, una reducción de las políticas públicas a esta variable simplemente intenta evadir el problema y desperdiciar su oportunidad de incidir en planes a largo plazo.


Esa apreciación negativa no desmerece el potencial de una planificación institucional eficaz de la cultura y el análisis del campo de los museos es quizás uno de los más fértiles por el material con el cual se trabaja. En sus colecciones se encuentran las evidencias materiales de todos los enunciados que componen el cuerpo de la cultura, sus indicios y sus marcas. A partir de la producción intelectual, sensorial y comunicacional que elaboremos con ellos, pondremos en escena los procesos culturales e induciremos a la interpretación de sus posibles significados.


Esta última conclusión nos lleva a considerar el discurso de los museos, que no debe ser confundido con los objetos o el conjunto de colecciones que los integran. Esos objetos, como si se tratara de reliquias, pueden adquirir estado sacro como suma de las reverencias y rituales que se les dedican, pero no significan ni comunican ese estado por sí mismos, sino que requieren de la reflexión crítica que les permita acceder al intercambio de experiencias con el eventual visitante. Debería ya asumirse que la aparente sacralidad del objeto (el sable del Libertador, el bastón presidencial, el cuadro de altísimo valor económico, el fósil del megaterio) no es hoy un punto de partida que invite a la interrogación, sino más bien el punto de llegada de un prejuicio que no espera sino más actos de reverencia por parte del espectador.


[...] Ese discurso y esas reverencias formaban parte del repertorio de los primeros museos, si bien moderado por la intención educativa que se esperaba de esos ejercicios. En verdad, en sus comienzos, los museos demostraron hasta qué punto podían ser constitutivos de un proyecto mayor, diríamos de una utopía política que muchas veces se enfrentaba con una sociedad civil aún lejos de adoptarla como propia. Así como para exaltar su poderío los museos europeos se apropiaban de objetos de pasadas civilizaciones de Roma, Egipto o Persia con un significado establecido como cultural, los primeros museos de nuestra región intentaron legitimar su existencia con colecciones de restos paleontológicos, arqueológicos o simplemente exóticos del propio país o de donde pudieran obtenerse, los cuales eran trasladados a la metrópoli -Buenos Aires, Ciudad de México o Río de Janeiro, entre otras- para ser exhibidos ante la admiración del sector de la sociedad que más importaba: la de los pares en esa misma metrópoli y, en todo caso, la de los cenáculos científicos europeos. El resto del territorio, y sus habitantes, en tanto no fueran capaces de crear sus propios centros de erudición, eran vistos más bien como simples proveedores de algunos de esos bienes.


Esa voluntad política constitutiva de la república, o al menos de la clase dirigente que se reconocía con la misión de instaurarla, se hizo evidente hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, pero fue perdiendo peso en la medida en que la sociedad se tornó más compleja y las demandas sociales de un número mayor de habitantes prefiguraron nuevas y más variadas prioridades. Esos inicios, sin embargo, fueron los que habilitaron una historiografía de la sociedad y su memoria aparente, con sus batallas y predominios de clase, que se mantiene hasta el presente en muchos de los museos de la región.


La concepción del museo como repositorio de bienes y aparentes valores -que estarían yaciendo en ellos, como los reyes egipcios en sus tumbas- tiene su explicación en los orígenes de los museos europeos, los cuales también estuvieron fundados en contradicciones. Si bien el mérito de estos últimos estuvo en facilitar el acceso a las colecciones antes sólo reservadas a ciertos nobles, todos los primeros museos intentaron construir un propio proyecto político en torno a ellos. Ese proyecto se formuló como científico y vagamente educativo, pero también sirvió para proponer al grueso de la población una adhesión pasiva y despolitizada a la construcción de poder que allí se ponía en escena.


La crisis de cambio insaciable que requieren los museos se explica por la tensión entre los principios que dicen cumplir y su efectivo desempeño. Por un lado, la retórica del museo indica invariablemente que está abierto para todos los habitantes y que expresa y educa acerca de las distintas características de la población y sus hallazgos; por otro, pareciera disciplinar a un conjunto diferenciado de personas en torno a un comportamiento hegemónico. A la vez que se pronuncia como inclusivo, excluye a determinados sectores y evita mencionar procesos conflictivos de la sociedad. Foucault observaba que las formas modernas de gobierno construyen nuevas tecnologías para la regulación de la conducta de los individuos y las poblaciones -la prisión, el hospital y el asilo, por ejemplo-, y que los museos parecen convivir en el tiempo con un doble discurso similar. Algunos autores continúan ese razonamiento hasta indicar que los museos habrían servido para encapsular contenidos tal como lo hacen las prisiones. Algunos museos, aún hoy, parecen darle la razón.


La disociación entre una idea del pasado y la sociedad del presente e incluso del futuro es una cuestión central para los museos. Esa asincronía revela una zona de conflicto, más rica y con mayor potencial narrativo justamente por eso. Para enfrentarla, es indispensable tomar conciencia de cuál es la misión de cada museo e incorporar un pensamiento crítico en todas sus áreas. En su mayoría, los museos del siglo XX se caracterizaron por proveer una información unidireccional y una voz institucional que no podía ser confrontada, mientras que los nuevos prototipos propician múltiples voces e interpretaciones. El foco estaba puesto en la presentación de los objetos y casi no se tenía en cuenta la recepción, mientras que hoy el compromiso y la experiencia del público resultan fundamentales. Según el viejo paradigma, los museos y sus directivos actuaban de un modo independiente y tomaban decisiones unipersonales. En la actualidad se valora la participación y la colaboración múltiple en la toma de decisiones. Los museos del siglo XX tomaron poco en cuenta a la sociedad en que estaban insertos y no aprovecharon sus iniciativas. Hoy, esa inserción y sus respuestas a las necesidades de esa sociedad específica son valoradas prioritariamente.
Fuente: La Nación, Sábado 18 de setiembre de 2010

















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Presentación del libro digital Patrimonio Arquitectónico del Área Metropolitana de Mendoza. Métodos y técnicas para su detección, catalogación y evaluación como recurso

6.11.09 - 

A realizarse en la Sala Latinoamericana del Centro Científico Tecnológico (CCT) CONICET MENDOZA, (Sede CRICYT), el día 13 de noviembre de 2009 a las 12 horas.
Esta publicación sintetiza resultados del proyecto PICT 13 – 14022 (2005 – 2009) financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, SEPCYT – Argentina y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, CONICET – Argentina.
La obra será comentada por la Dra. Gabriela Pastor y la Dra. Silvia Cirvini, directora del equipo de trabajo. La presentación está organizada por el Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales (INCIHUSA) – CONICET.
Dra. Silvia A. Cirvini    (Directora del PROYECTO )                                                         Dr. J.Roberto Bárcena  (Director INCIHUSA)
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PUBLICACIONES ELECTRÓNICAS DEL ICCROM

2.9.09 - 

El ICCROM (International Centre for the Study of the Preservation and Restoration of Cultural Property) ha publicado en formato PDF los textos y documentos de la ICCROM Conservation Series (ICS). El listado completo y los enlaces para la descarga se encuentran en: http://www.iccrom.org/eng/02info_en/02_04pdf-pubs_en.shtml
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Lo político en la contrucción historiográfica de la museografía presentada en el Museo Histórico Nacional de Chile. Por Juan Carlos Mege

27.6.09 - 


Articular históricamente el pasado no significa conocerlo como verdaderamente ha sido. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro. Al materialismo histórico le concierne aferrar una imagen del pasado tal como ésta le sobreviene de improviso al sujeto histórico en el instante del peligro. El peligro amenaza lo mismo al patrimonio de la tradición que a quienes han de recibirlo. Para ambos es uno y el mismo: presentarse como herramienta de la clase dominante. En cada época ha de hacerse el intento de ganarle de nuevo la tradición al conformismo que está a punto de avasallarla. Pues el Mesías no viene sólo como redentor; viene como vencedor del Anticristo. Sólo tiene el don de encender en el pasado la chispa de la esperanza aquel historiador que esté traspasado por la idea de que tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer. Walter Benjamin Mi análisis para aproximarme al concepto de nación a través de fragmentos de la museografía del museo histórico, parte de la distinción que el estructuralista francés Roland Barthes hizo en su texto "La cámara lúcida" entre studium y punctum. Studium comprendido como el acercamiento científico, que pierde su idea central versus Punctum que es el pequeño detalle del ojo que lo mira. En nuestro caso, miraremos desde una disciplina que juega con el contenido y su forma, la museografía, que a partir de objetos inanimados, construye un guión que dinamiza una historia que se cuenta visualmente para el espectador. La muestra, como producto del proceso de construcción museográfica se traduce en un conjunto de objetos presentados o puestos en escena (a través de las cédulas, vitrinas, iluminación, paneles, etc.) que dan coherencia a una historia que tiene un principio y un fin. El concepto de lo político en las exhibiciones museográficas se presenta como un elemento que permite hacerse cargo de una política de conservación de ciertos objetos que, en la búsqueda de representación de la historia, constituyen identidades en las que subyace el concepto de nación. El museo, como espacio legitimador de discursos, respalda y a su vez, autoriza una política de colecciones. En el transcurso del tiempo, va construyendo una memoria que a través de los objetos nos entrega una imagen identitaria, constituyente de sujetos sociales reconocidos en una particular simbolización de su pasado. Los objetos, físicamente instalados, dispuestos en una matriz o guión lógicamente organizado, buscan crear una línea de tiempo donde la realidad se suspende en la materialidad de las piezas, que liberan el mito político. Toda museografía racionalmente afirmada, se hace presa de la objetividad, de la posibilidad (siempre fallida) de hacer de la historia una política objetiva. La museografía es una manera de constituir cuerpos discursivos, a partir del patrimonio tangible e intangible. Con el uso del dispositivo de la repetición y la diferencia, se articulan discursos que desde el fragmento físico – material - corporativo intentan construir imaginarios sociales (la ilusión de la totalidad). Nuestra trayectoria de observación se inicia en el Museo Histórico Nacional de Chile, edifico de estilo arquitectónico neoclásico ubicado en pleno corazón de la ciudad, entre la Municipalidad de Santiago y el Correo Central, frente a la Plaza de Armas. Sus colecciones están conformadas por pinturas históricas, piezas arqueológicas, muebles, instrumentos musicales, armas, numismática, textiles y artesanías, que integralmente en su exhibición, se dan a conocer en 17 salas. Además cuenta con una colección iconográfica que incluye dibujos, grabados, acuarelas, mapas, planos afiches y más de 500.000 fotografías. En la primera planta se encuentra representado el período prehispánico y en el segundo nivel, se concentran parte del período colonial y el período republicano hasta el gobierno del presidente Salvador Allende G. El supuesto de la política de colecciones de un museo es que se constituye historia de una nación a partir de ciertos objetos que contarían de manera objetiva como fueron aconteciendo los hechos. Los objetos son ordenados a partir de una lógica de confianza en el progreso, confianza en la fuerza, en la justicia y en la prontitud de las reacción que se forma en el seno de las masas (a ellos se apela), y que adhiere a esta instalación de nación. Esto permitiría a la museografía levantar un concepto de historia y hacerse cargo de él. Por lo tanto, la filosofía política que subyace a la museografía histórica nos remite a la imagen de la integración, es decir, se apuesta a una identidad conformada a partir de una afirmación implícita. A través de los objetos expuestos se muestra una clase política que, en el siglo XIX, consolida la idea de estado nación. Con los objetos de carácter suntuario que tienen un claro origen Europeo, se constituye una historia que articula una vida social de los dirigentes políticos criollos con la vida social del mundo europeo de la época. El presentar ropaje y adornos del atuendo como colleras, sombreros, bastones es la elección y el pretexto para hablar de una historia en que "la nación chilena" no sólo es parte de un mundo con un proyecto de progreso, sino que la vida cotidiana suntuaria de sus dirigentes está integrada en cuanto a sus gustos en el vestir y en la decoración hogareña, al mundo europeo y a su utopía. La sala, con pinturas de gran formato, muestra retratos de los personajes de la época en situaciones coloquiales complementados con vitrinas que contienen objetos personales y domésticos. Las cédulas relatan fragmentos de la historia que intentan contextualizar esto objetos en una historia mayor. Para el espectador ¿dónde estará el mayor peso de lo que se desea contar? En el objeto exhibido o en la cédula que hace un esfuerzo frustrado de conectar el pequeño objeto con el macroproceso histórico. Se describe de Portales en el guión museográfico: "su paso por el poder lo distingue como un exitoso ejecutivo, con un altísimo sentido de servicio público, capaz de aglutinar a un equipo notable de administradores a su alrededor. Paralelamente mostró una dureza implacable contra sus opositores..." En el contexto general de la sala que muestra el período portaleano, esta interpretación histórica podría pasarse por alto y no ser percibida si la mirada tan sólo fuera seducida por los objetos. Una museografía que relata la historia de una nación se hace cargo de los objetos de la clase dominante del momento, instalándolos en la carroza de la victoria para ser mostrados a todos los espectadores que ingresan a conocer el Pasado Histórico de Chile. Lo que subyace en esta museografía que se hace cargo de los objetos suntuarios del período portaleano, es la idea de la salvación ante la amenaza del peligro de muerte o la posibilidad de anulación del estado nación en forma. Los elementos escogidos y presentados significan integrar el proyecto nacional a una situación de progreso inmediato y al mismo tiempo una identificación hacia el conjunto de los ciudadanos reforzando la idea de una comunidad homogénea que adhiere voluntariamente al resguardo y a la protección de estos objetos como símbolos de un pasado compartido. La distinción entre la idea política de nación y la pretensión museográfica no es nada de fácil. Pareciera que no es solamente un problema de colecciones de un museo en particular, el problema no está contenido en la búsqueda de objetos más o menos representativos de una manera de constituir nación. En definitiva no es un problema del objeto, sino de una interpretación mayor que nos habla de cómo se legitima una determinado sector social que es digno de donar sus objetos a un museo para ser mostrados como historia nacional...ya sea porque hay una necesaria imposición de la identidad del donante, un nombre propio... que, al firmar, impone su singularidad. Ya sea porque el objeto dado se encarga de sustantificar al donador, proporcionándole una identidad que puede ser la de un sujeto colectivo. (Jean-Louis Déotte). La última sala de la muestra permanente del museo histórico, exhibe el período de gobierno de la unidad popular. El cambio sorprendente en esta exhibición está dado por la carencia de objetos que son reemplazados por elementos documentales. A la salida de la sala se ubica una pequeña vitrina que contiene la única pieza testimonial de una época: Los lentes quebrados del presidente Allende que simbolizan la tragedia de La Moneda. Aparece en esta escena del guión este elemento efectista que da la sensación de ser el único sobreviviente de un período oscuro donde el referente de la materialidad se diluye en la incapacidad de tener una política de colecciones que al igual que en las otras salas nos remita a constituir un pasado a partir de piezas que objetivicen el período. La museografía en este caso invierte el orden de la lógica total del museo, minimizando la superficie de inscripción del relato en el objeto. La sala está compuesta a partir de fotocopias en blanco y negro que van relatando el período. Sin embargo, la mirada del visitante tiende a detenerse en los lentes rotos que sintetizan, de acuerdo a la museografía, el quiebre institucional y la tragedia de un período que es exhibido en blanco y negro. Ante la evidencia, el guión enmudece. La pregunta es ¿hay una idea de nación en la política de colecciones que se desarrolla en la museografía histórica chilena? No es acaso la repetición del dato lo que finalmente se certifica. No hay acontecimientos sin superficie de inscripción. La nación, sus teatros de memorias, sus historiografías, sus museos, constituyen esa superficie de inscripción que va quedando como las huellas de impresiones superpuestas que adquieren su sentido y eficacia en un tiempo posterior a su primera inscripción. Esto pone en cuestión la fe ingenua en la existencia; es decir el realismo del dato. El conocimiento del pasado, el recuerdo se le presenta a la sociedad como un acontecimiento que se enfrenta al peligro de la desaparición por lo tanto el recuerdo se transforma en un puente entre un presente que confirma la existencia de un pasado ... en la lógica de una muestra, el apego a un objeto es la posibilidad de sujetar el recuerdo. Son solamente los nombres los que, gracias a su número finito, a su permanencia (rigidez) y a su distribución, constituyen la identidad de la comunidad.
Si ese niño no tiene nombre, no es nada, no puede existir. Los seres humanos son nombrados o no existen. F. Lyotard. [1]
BIBLIOGRAFÍA.
Alonso Fernández, Luis (1999) Museología y Museografía, Barcelona, Ediciones del Serbal.
Benjamín, Walter (1995) La Dialéctica en Suspenso. Fragmentos sobre la Historia. Traducción, introducción y notas, Pablo Oyarzún Robles. Santiago, LOM Ediciones.
Derrida, Jaques (1995) Dar (el) Tiempo. I. La Moneda Falsa. Barcelona, Editorial Paidós Básica.
Déutte, Jean-Louis (1998) Catástrofe y Olvido. Las Ruinas, Europa, el Museo. Santiago,1998. Editorial Cuarto Propio.
García Canclini, Néstor (1992) Culturas Híbridas. Estrategias para entrar y Salir de la Modernidad. México D.F., Editorial Grijalbo.
Habermas, Jürgen (1989) Identidades Nacionales y Postnacionales. Madrid, Editorial Tecnos.
Lyotard, Jean-Francoise (1988) La Diferencia, Barcelona, Editorial Gedisa. Ranciere, Jaques (1996) El Desacuerdo, Política y Filosofía. Buenos Aires, Ediciones Nueva Edición.
_________(1994) En los Bordes de lo Político. Santiago, Editorial Universitaria. Subercaseaux, Bernardo (1996) Chile, ¿un País Moderno? Santiago, Ediciones B.
__________
[1] Lyotard, Jean-Francoise (1988) La Diferencia, Barcelona, Editorial Gedisa. Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile ISSN 0717-2869

Link: http://www.cyberhumanitatis.uchile.cl/CDA/texto_simple2/0,1255,SCID%253D3540%2526ISID%253D258,00.html


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Correo de las Culturas del Mundo del Centro de Estudios sobre la Diversidad Cultural del Museo Nacional de las Culturas

10.6.09 - 
Ya se encuentra disponible on line el número 41 del Correo de las Culturas del Mundo del Centro de Estudios sobre la Diversidad Cultural del Museo Nacional de las Culturas.
En este número:
• Museo del Louvre en Abu Dabi
• Nuevo Museo de la Acrópolis
• Los idiomas y las culturas
• Diálogos digitales
• El asentamiento humano más antiguo
• Centenario de Fernando Gamboa
• Nuevos hallazgos de cuándo el hombre empezó a pescar
• Culturas

Todos los números anteriores de esta publicación pueden consultarse en el blog: http://correodelasculturas.wordpress.com.

Para mayor información le sugiero contactarnos al e-mail: correodelasculturas@gmail.com.



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LA CRISIS DE LOS MUSEOS DE HISTORIA. Dr. Luis Gerardo Morales Moreno - México

29.4.09 - 
Se trata de hacer lo más accesible posible para el público no especializado cuál es el estado general de la cuestión relativa entre museos e historia; entre representación museográfica e historiografía. Ante todo hace falta comprender la especificidad del género de los museos de historia con relación a otros, como son los de arte, ciencias o etnología. En la actualidad, los museos de historia en México, atraviesan por una crisis de paradigma representacional y de prácticas culturales que requiere ser analizado. Para ello, planteo por lo menos cuatro ejes temáticos.En primer lugar, consideramos que los museos de historia constituyen una dimensión representacional de la historiografía o sea, no sólo de los hechos ocurridos, sino también de sus relatos y sus prácticas comunicativas (ritos, gramática objetivada, escenificaciones). Porque el museo en general, además de constituir un medio de transmisión de cánones científicos y estéticos, opera como un espacio de sociabilidad. En el caso de los museos de historia, como ocurre en numerosos museos latinoamericanos del género histórico-arqueológico desde comienzos del siglo XX, la transmisión de saberes sobre el pasado se acompaña de prácticas comunicativas, como las del sistema escolar o las de los rituales cívicos-políticos. Los procesos de formación de los estados nacionales hicieron de los museos históricos espacios de construcción de sociabilidades modernas como las de la ciudadanía letrada, junto con símbolos de unidad del Estado. Un proceso semejante ocurre en los museos nacionales de Washington, Londres, París o Berlín, que recrearon en sus reliquias colectivas imaginarios patrióticos (e imperiales) e hicieron de los museos de historia templos de identidad. Está por verse si en las sociedades post-coloniales resulta viable pensar en un paradigma representacional post-nacional. Un segundo eje plantea la diferente forma de narración de la escritura historiográfica con respecto a la museografía. La linealidad y abstracción del trazo escriturístico no mantiene relación alguna con la corporeidad de los objetos museográficos. La lectura de las colecciones museográficas se experimenta en un espacio fragmentario de mirada dirigida. Parece una gramática objetivada porque su relato se configura también mediante un comienzo, un desarrollo y un final. Sin embargo, la fragmentación del espacio museográfico hace discontinuos los tejidos narrativos, y los significantes del objeto museográfico son irreductibles a un significado preciso. Éste sólo se obtiene mediante los referentes culturales y educativos que producen el sentido de cualquier exposición museográfica. El estudio de los museos históricos requiere de teorías de la referencialidad. En consecuencia, las visitas guiadas, las audio-guías, los folletos informativos y todas aquellas herramientas que desarrollen mejor los programas narrativos de las exposiciones, tienden a un mejoramiento cualitativo de los mensajes museográficos. Lejos de imponer el silencio, los museos de historia requieren del retorno de la oralidad. Tercero, un museo histórico, a diferencia de un libro de historia, no puede rescribirse varias veces para ofrecernos nuevos datos sobre los modos dominantes de pensar y mirar la historia en diferentes momentos. La actualidad de las distintas versiones museográficas no se realiza de manera tan pronta como ocurre en el campo literario. Si hay una museografía histórica longeva, en México, por ejemplo, es justamente la que se sustenta todavía en concepciones historiográficas y pedagógicas provenientes del mundo liberal y positivista de fines del siglo XIX. Desde el viejo Museo Nacional hasta el actual Museo Nacional de Historia en sus diferentes versiones museográficas de 1945, 1982 o 2005, el pasado de México sigue siendo representado bajo un marco referencial empirista. Se requiere “repensar” qué debemos entender por “lo permanente y lo temporal” en las salas históricas, pues la brecha entre historiografía contemporánea y museos históricos es cada vez más grande e insalvable. Nuestro cuarto eje teórico se sirve de esta capacidad del museo de “congelar” las imágenes que nos quedan para correlacionarlas con las prácticas discursivas y simbólicas con las que esos objetos se han relacionado en el tiempo. En síntesis, la representación museográfica histórica permite observar la condición reproductora de las hegemonías ideológicas. El poderoso efecto de unidad simbólica que recrean las museografías históricas sigue revelando las ironías y las contradicciones del mundo contemporáneo. Al respecto cabe reflexionar sobre los espacios de subalternidad de la historia y su viabilidad en las representaciones hegemónicas. Temas como las mujeres, los marginados, la homosexualidad, las minorías étnicas, las migraciones, etc., resultan cada vez más de urgente reflexión en las museografías históricas. En este sentido tiene gran actualidad el tema de la representación museográfica de historia porque en el contexto mexicano, durante los años del sexenio gubernamental 2000-2006, ha habido algunos intentos jurídicos por modificar el aparato corporativo cultural del Estado. Al mismo tiempo, los sindicatos de ese aparato burocrático “congelaron”, como en el Museo de Cera, formas de perpetuar una soberanía laboral e ideológica sobre el pasado histórico de México. Las propuestas legislativas gubernamentales no han sido convincentes y todavía no están a la altura de un debate que además de político o jurídico, también es de índole intelectual. El mejor ejemplo de la esclerosis del sistema corporativo educativo (la Secretaría de Educación Pública y las universidades públicas), se ubica en el espacio de los museos de historia, convertidos en álbum de estampitas, con formas pedagógicas de hace cincuenta años y sin posibilidades de renovarse técnica y profesionalmente. Por otra parte, el sistema escolarizado ha convertido a la historia, en una maestra de la vida, regañona y aburrida. El divorcio entre el museo histórico y la institución histórica, entre los museos y las organizaciones académicas y profesionales, hizo del género histórico-arqueológico una especie de sistema único de representación momificada. La crisis de los museos históricos, por su rezago didáctico e intelectual, debe ser atendida con urgencia por las organizaciones profesionales y de especialistas, así como por las políticas educativas más progresistas.
Texto presentado en el 29º Congreso Anual del ICOFOM - 15º Congreso Regional del ICOFOM LAM, realizado en el Museo Estancia Jesuítica de Alta Gracia en el año 2006.
http://www.museoliniers.org.ar
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